Si tuviera que pensar verdaderamente cuál es tu nombre, pensaría en aquél que me remita al sabor amargo de un recuerdo difuso.
Si quisiera darte un aroma, te daría el que deja la lluvia al parar.
Si me dieras una palabra, ésta no sería escrita ni dicha, sería una idea dada con mímica.
Si me preguntaras tu edad, te daría una lo suficientemente joven como para comprender tu carácter caprichoso, y lo suficientemente viejo como para entrever tu inmemorioso pulmón.
Si fueras un color, serías uno indefinido que, a la vez, cambie con la luz.
Si te dijera de qué forma sos, te diría una geométrica, no proporcional, asimétrica y sólo figura; no cuerpo. |